Lo primero que sorprendió al sargento Pablo Emilio Moncayo tras ser liberado fue el celular 'Blackberry' de la senadora colombiana Piedad Córdoba, quien llegó hasta las selvas de Ciudad Yarí, en el Caquetá, a recibirlo.
En medio del monte, la dirigente Liberal sacó su celular y de inmediato tomó una fotografía del encuentro. Él quedó sorprendido, la miró con recelo y preguntó cuál era el objetivo.
Ella sonrió un poco y pareció entender que durante 12 años, el colombiano no tuvo acceso a la tecnología. Una radio de pilas que se agotaba si la prendía todos los días, y a la que debía instalarle una enorme antena para que funcionara, era el único aparato que tuvo en sus manos. Lo demás era arcaico y casi imposible de encender porque el Ejército podía ubicarlo por los satélites.
"Es un celular, toma fotografías y hace mil cosas más...", explicó la senadora, según testimonios de algunos de los pilotos brasileños al mando de la aeronave. De inmediato, continuó su registro fotográfico y mostró la imagen de su hermana de escasos cinco años y a quien conocería en cuestión de minutos.
Moncayo cargó el celular por unos minutos, intentó mover las teclas, pero prefirió abstenerse. Podría dañarse, dijo, mientras la política explicaba que además enviaba mensajes por 'twitter'. Y ese término lo enredó más. Sabía que existía Internet porque en el monte no todo es desconocido. Las revistas y periódicos llegan así sea tarde y no todas las ediciones.
Sin embargo, de las redes sociales no tenía idea. De eso jamás había oído. Piedad Córdoba parecía una docente de escuela de primaria con uno de sus alumnos recién ingresados, una situación que parecía no importarle mucho porque había obtenido un logro en su vida: liberar a un secuestrado más.
El plagiado más antiguo de Colombia es un hombre maduro, serio, de escasas palabras y muy pausado cuando tiene que dar alguna declaración. Por esto, lo único que hacía mientras viajaba en el helicóptero era observar los pequeños caseríos de San Vicente del Caguán, Paujíl, Puerto Rico y Florencia, hasta donde llegó a encontrarse con su familia a la que no veía desde hace años.
El aeropuerto estaba revolcado, permanecía en construcción. Hasta ahí no había visto mayor civilización porque son pueblos humildes, con viviendas construidas en tabla y pobladores casi todos campesinos, los mismos que observaba cuando lo cruzaban de un lado hacia otro mientras era cautivo de las FARC.
Pablo Emilio abrazó a su familia en el encuentro, saludó emotivo y parecía que era protagonista de un sueño del que no quería despertar. A un lado una aeronave extranjera y al frente decenas de periodistas que portaban enormes cámaras filmadoras, trípodes y hasta sistemas especiales de luces que alcanzaban a iluminar gran parte de la pista de aterrizaje del aeropuerto Gustavo Hernández lo intimidaban.
Jamás se había enfrentado a tanta prensa, ni siquiera en las transmisiones de mando a las que asistía cuando estaba en el Ejército en Nariño. Sin embargo, cuando lo subieron a un avión de la Fuerza Aérea Colombiana comenzó a enfrentarse con la realidad.
La aeronave era cómoda, grande, con aire acondicionado y no se escuchaba el ruido que emitía desde afuera. Por las pequeñas ventanillas divisaba el mundo que lo esperaba, del que tanto anhelaba cuando permanecía en medio de una espesa y húmeda montaña que por poco acaba con su vida.
En el aeropuerto Catám de Bogotá la sorpresa fue mayor. Aviones sobrevolaban de manera constante y él parecía estar anonadado. Ese no era su mundo, narró el profesor Gustavo Moncayo, según lo que le mencionó su hijo.
Su reencuentro con Bogotá
Cuando lo movilizaron por las calles de Bogotá, encontró una capital distinta y mientas sus hermanas le preguntaban por su vida en cautiverio, prefería callar y observar con detenimiento por las ventanas.
Las vallas de publicidad electrónica que cambiaban las letras en segundos, los vehículos de distintos modelos y los mismos puentes peatonales que en su época no eran tan usuales en Sandoná, Nariño, donde vivió, le despertaban curiosidad y gran cantidad de interrogantes.
En el hospital militar le practicaron los exámenes de H1N1 (gripe A) y él parecía no entender esa enfermedad. "¿Qué es eso?", interrogó, mientras la enfermera le explicaba que era un virus mortal que dejó miles de muertos no sólo en Colombia sino en el mundo.
Yuri Tatiana, Karol Dayana y Nohora Helena, sus hermanas mayores, lo molestaban y no se le desprendían de al lado. Tanto que la segunda mostró su Ipod y le puso a escuchar los mensajes que diariamente le enviaban por el programa de radio Voces del Secuestro de una estación radial en el país. Él escuchaba sorprendido, mientras los médicos lo examinaban y determinaban que su estado de salud era excelente.
Durante su secuestro, Pablo Emilio dejó de presenciar los atentados del 11 de septiembre en New York, la reelección del Presidente Álvaro Uribe, el terremoto en Armenia que dejó decenas de víctimas, el proceso de desmovilización de los paramilitares y una zona del despeje en San Vicente del Caguán autorizada a las FARC por parte del Presidente Andrés Pastrana.
La víctima se perdió el momento en que nació su hermana, hoy de cinco años, del envejecimiento de su padre quien recorrió varios países en busca de su liberación y de obtener triunfos y glorias en combates con la guerrilla sino hubiera sufrido el secuestro.
Seguramente, estaría con hijos, esposa y haciendo su propia vida. Sin embargo, el cautiverio lo frustró y hoy le toca empezar de nuevo así sea tarde. Lo que no se sabe es si en Ejército o fuera del país.
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